Ricardo Rivera Martínez

SEMBLANZA SOBRE EL ARTISTA RICARDO RIVERA MARTÍNEZ

"Sergio Jesús Parra Medina. Licenciado en Bellas Artes, especialista en Escultura."

Ricardo Rivera Martínez nació el 13 de septiembre de 1.930 en la calle Jerez Alta de la población sevillana de Morón de la Frontera, siendo bautizado en la Iglesia Mayor de San Miguel Arcángel de dicha localidad.

El artista moronense creció en un entorno familiar pobre y humilde, de hecho, varios de sus hermanos fallecieron como consecuencia de las penurias acaecidas. Su padre era arriero, mientras que su madre encontró trabajo sirviendo en una casa de la capital hispalense –sita en la calle Sauceda nº 2 – lo que motivó que la familia de Ricardo tuviera que trasladarse a Sevilla cuando el pequeño contaba con cinco o seis años de edad. Así establecieron su hogar en la Barriada de la Puerta Carmona, siendo entonces cuando Ricardo descubre su vocación por la escultura: 

“En el extremo del bajante de aguas en mi casa de vecinos de la Calle Cristo del Buen Viaje n º 11 metí el resultado de mi primer modelado en barro: un pequeño pasito con sus figuritas. Pegué la cara al suelo y comencé a sacarlo “despasito, mu despasito”, al son de mi tararí cornetero (…)”. Aquello significó, en palabras del artista, una “primera necesidad física y mental de convertir aquel trozo de barro enarenado de materia maleable en, nada menos, que una réplica en miniatura (¡vaya usted a saber cómo!) del paso que salía de la cercana iglesia de San Esteban”. Aquel hecho significativo sorprendió al conjunto de vecinos, quienes alentaron y celebraron las inquietudes del pequeño Ricardo, presagiando: “¡Este niño va a ser un artista!”

Luego llegaron los durísimos años de la Posguerra con la instauración del Franquismo (1.939-1.975), como régimen dictatorial de corte fascista y fundamentado, principalmente, en el autoritarismo, nacionalcatolicismo, antiliberalismo y el consiguiente aislamiento internacional.

A los siete años de edad Ricardo ingresa como interno en el Colegio Salesianos de la Trinidad, donde transcurre su adolescencia quedando marcado por aquellos tiempos “de represión brutal, de hambre, de miseria, piojos, chinches, sarna, miedo y aberración sexual; más de trescientas sesenta y cinco misas al año, multiplicado por mis diez años internado…además, actuaciones en todas las fiestas religiosas, profanas y lúdicas que tenían lugar en aquel colegio.”

Tras cinco años en la sección de estudiantes, le sucedieron otros cinco en la de “artesanos”. Ya fallecido el padre de Ricardo, la madre le instó a que estudiará la sección de “Imprenta”; pero, dada su floreciente vocación por las 2 artes plásticas, el profesor le terminó derivando al taller de “Escultura”. Allí conocerá a su primer maestro, Rafael Barbero Medina (1.913-1.990) quien, por entonces, se hallaba dentro de la época en la que realiza el Cristo de la Buena Muerte para la Hermandad Salesiana de su pueblo de Morón (año 1.945):

Cautivo de Alcaudete (1933)
“Ver al maestro D. Rafael Barbero Medina ‘maestro Bigotes’, como le decíamos los niños,…verlo allí trabajar en una imagen tan maravillosa, como no habíamos visto nunca, aquel Cristo Crucificado allí tendido como él lo tenía –recuerdo que a dos metros de la puerta ya se iban percibiendo los pies de la imagen – …y allí tallándolo…todo ello llamó la atención enormemente, y me dio mayor empuje para yo obsesionarme más todavía con llegar a ser escultor y, dentro de esta rama, imaginero” 

A pesar de que Ricardo y su familia se mudan a Sevilla en torno a 1.935, las vacaciones del Colegio las pasará poco más tarde regresando al pueblo que le vio nacer, Morón de la Frontera; así, prácticamente, a lo largo de su infancia y adolescencia hasta 1.948.

Tras finalizar el Colegio, Ricardo Rivera toma la calle en busca de trabajo y oportunidades para aprender los oficios con los que desarrollarse profesionalmente. Este estilo de vida, más bien bohemio, será el que le acompañará a lo largo de su trayectoria artística, de ahí que se califique a sí mismo como “Licenciado de la calle”. Bajo esta perspectiva, inicia su andadura:

“Con dieciocho años me acerqué al taller de Castillo Lastrucci, en la Calle San Vicente, pero me dijo que tenía muchas personas trabajando, y me recomendó que fuera al taller de Francisco Ruiz Rodríguez, ‘Maestro Currito’, en la calle Varflora. Me hizo una prueba y allí estuve unos cinco años (…)”.

Así es que su formación como imaginero tendría que esperar y trabajar en primera instancia como tallista. De manera que el autor moronense ejercerá como oficial de primera tallando muebles de estilo e interviniendo en obras y diseños de proyectos como el paso de la Soledad de San Lorenzo o el altar de las imágenes de San Roque para la ciudad de Sevilla. Sin embargo, en 1.953 Ricardo fue despedido (siendo ya encargado) al apoyar una causa solidaria entre sus compañeros, que demandaban una mejora salarial y no encontraron el respaldo suficiente en el “Sindicato Vertical”. Posteriormente, trabajó para escultores como José Alarcón Santa Cruz (1.904-1.986), al que le sacaba de puntos manualmente. Y de esta forma Ricardo fue adentrándose en la talla escultórica, aunque no era la única de sus pretensiones… 

“Por aquellos años compaginaba mi trabajo con mi afición por la canción y la música, como solista del ‘Conjunto Trinidad’, interviniendo en salas de baile, fiestas y guateques de la época. Trabajé un año en un taller de fabricación de muebles de estilo en la calle Tarifa y luego en el de Alarcón 3 Santa Cruz, en el barrio de la judería; pero yo, que me consideraba un ‘Licenciado de la Calle’, buscaba nuevos horizontes.”

Cuando estudiamos íntegramente la figura de Ricardo Rivera Martínez, descubrimos que estamos ante un artista complejo pues, entre otras cosas, su obra abarca otros lenguajes expresivos como el de la Música y, en menor medida, el Teatro o la Poesía. Además, Ricardo es un ser extraordinario como persona y artista; de naturaleza humilde, carácter sincero, culto, dotado de galanura, vitalidad y una capacidad de interpretación enorme. 

El propio Ricardo nos narra cómo fueron sus inicios por el mundo de la Música, una vez marcha a Madrid aconsejado por distintos profesionales: 

“Ni corto ni perezoso, cogí una bolsa con mis gubias, maleta y viajes de ida y… ¿vuelta?, plantándome en Madrid en 1.957. Recorrí la calle en busca de pensión y trabajo, que encontré como tallista en el castizo barrio de Lavapiés. Por otro lado, contacté con las orquestas que amenizaban las Salas de fiestas madrileñas de aquellos años y terminé trabajando en La Parrilla del Alcázar, en la ‘Orquesta García Beitia y Florenzo’ (…). A veces no pasaba más de media hora desde que soltara la gubia para coger el micro”.

Disco de Ricardo Rivera (en torno a 1962)
En 1.958 Ricardo vuelve a Sevilla para casarse con Pepa, su esposa, y así regresar a la capital de España para continuar con la nueva etapa que estaba emprendiendo como músico profesional. Su mayor actividad como cantante se concentrará en la década de los 60, recorriendo con su orquesta el Mediterráneo, Marruecos, Túnez, Turquía, Grecia, Alemania, y hasta las Islas del Caribe con el famoso Trasatlántico “Rotterdam” que salía desde New York. Su éxito también pasó por la edición de un disco en solitario (en torno a 1.962), compuesto de cuatro boleros. En resumen, todo ello vino a significar un gran enriquecimiento personal y profesional, propiciado por todos estos viajes que le permitieron respirar otros ambientes tan distintos a la España de Franco.

A principios de los 70, el cantante Ricardo Rivera retorna a Sevilla junto a su esposa e hijos, reencontrándose con la ciudad de la que partiera como profesional de la Talla y aficionado a la Música. Comenzó acondicionando un pequeño local desde el que realizaba tallas para enmarcaciones y otras tareas relacionadas con la carpintería. Por otro lado, el hecho de estar ubicado en el Barrio de la Macarena le permitió conocer a otros artistas vecinos que se concentraban en la misma zona.

“Por estar cerca del almacén de Maderas Miña, en calle Torres, donde comprábamos el material, conocí allí a Francisco Buiza, que tenía taller en la casa de los artistas de San Juan de la Palma. También me relacionaba con Manuel Echegoyán, que tenía su taller dentro de las instalaciones de García Miña. Igualmente, conocí a Antonio Illanes, cuya casa-estudio estaba a veinte 4 metros del mío. Con ellos tomaba café habitualmente. (…) Colaboré con Manuel Guzmán Bejarano, Antonio Díaz, etc…

Poco a poco, le van llegando encargos donde tiene que trabajar la figura, retomando aquella “incontenible necesidad de modelar” que despertara en su niñez. Sus inicios fueron dificilísimos porque carecía de formación en el oficio de escultor, aferrándose a su “licenciatura de la calle” para ir aprendiendo o, como él mismo manifiesta “robando con la mirada y con la mente”, las técnicas y métodos profesionales que la mayoría de los artistas no estaban dispuestos a enseñarle tan fácilmente. 

Ricardo se relacionó con los principales escultores e imagineros que trabajaron en la Sevilla del S.XX, sin embargo, ninguno de ellos llegó a significar tanto para él como lo hiciera Luis Ortega Bru (1.916-1.982). Ricardo recuerda a Luis con una profunda admiración y afecto, conociéndole durante su última etapa en la que se hallaba realizando el apostolado de la Sagrada Cena de Sevilla. Las visitas al estudio del genial artista sanroqueño fueron muy habituales, cosechando una sincera y bella amistad; sirva como ilustración la curiosa anécdota de que Ortega Bru confesara al de Morón, sin que éste se percatase, que le había tomado como fuente de inspiración o modelo para la talla de una de las imágenes de la Cena. 

Por aquella época, Ricardo se estaba iniciando en la Imaginería y le pidió a Luis que le dejara uno de los bocetos de sus esculturas, con la idea de estudiarlo. Aquello le sirvió para absorber la fuerza, el movimiento y el sentido expresionista de la obra de Ortega Bru, considerándolo su principal punto de referencia pero sin dejar de desarrollar su propia identidad.

La obra de Ricardo Rivera es extensa y podríamos enmarcarla en el periodo que va desde principios de los ochenta hasta entrado el nuevo siglo XXI. En la actualidad se encuentra inactivo y apartado de la profesión, no obstante, su forma de hacer y entender la talla sigue quedando patente en la obra de su hijo y colaborador Ricardo Rivera Vélez, licenciado en Bellas Artes.

En síntesis, su estilo procede directamente de la escuela neobarroca sevillana, con un desarrollo impecable de la técnica de la talla: valiente, precisa y con un corte de la madera magistral; tanto es así, que hasta el propio Buiza llegó a reconocerle en una ocasión que era el que mejor cortaba la madera de toda Sevilla, según recuerda el propio Ricardo. Tampoco debemos olvidar su formación inicial como tallista especializado, lo que le aporta a su obra escultórica un trabajo brillante. Dentro de su estilo es muy particular en la conformación de los volúmenes del cabello de las esculturas, a los que imprime el diseño de la talla ornamental barroca, “con apariencia de volutas”. Con ello provoca una abstracción formal y una manera original de concebir las imágenes, dotándolas de un barroquismo no artificioso que conjuga, al mismo tiempo, tradición con modernidad. En cuanto a sus composiciones, sobresale la 5 fuerza contenida y contorsiones de las figuras que tanto le influyeron de Ortega Bru, además de un movimiento peculiar provocado por su asociación a los ritmos musicales. Aparte, en su expresión también se distingue un sentido creativo muy relacionado con sus vivencias y dotes como intérprete, con una desbordante capacidad y extrema sensibilidad en la transmisión de las ideas y sentimientos.

“En 1.984 trasladé mi taller a otro lugar cercano, en la calle Duque de Montemar 17, dando comienzo mi mejor etapa de producción artística y encargos para Hermandades, no sólo trabajos secundarios como imágenes para altares, canastillas, querubines o cartelas, sino imágenes para toda Andalucía, Canarias e incluso la Catedral de la Almudena de Madrid.”

Como hemos visto, Ricardo fue aprendiendo el oficio de la Imaginería a base de la propia experiencia que iba desarrollando sobre los encargos. En este sentido, la talla de Santa Ángela de la Cruz que realiza a principios de los 80 para la Basílica de la Macarena es, quizás, la obra que marca el inicio de su madurez como escultor. Además de especializarse en esculturas de pequeño formato, desarrollará su obra en monumentos e imágenes de toda índole: crucificados, yacentes, dolorosas y grupos escultóricos. 

Santa Ángela de la Cruz - Basilica de la Macarena (principios de los 80)
Por otro lado, tras realizar en 1.994 el Resucitado de La Rinconada, el tallista-músico-escultor decide trasladar su estudio y vivienda a dicha población. Allí será donde su obra plástica alcance el cénit dentro de su trayectoria artística, destacando la ejecución de un ángel de talla completa que fue concebido para acompañar a dicha imagen del Domingo de Resurrección rinconero. No obstante, por desacuerdos entre el autor y la Hermandad, esta escultura quedó inacabada a efectos de “imagen procesional” y permanece en su taller a falta del aparejo y la policromía. “El ángel” representa, desde mi punto de vista, la madurez artística de Ricardo Rivera como escultor e imaginero; toda una joya, donde se aprecian las calidades técnicas de su maestría en la talla y sus conocimientos plenos como escultor (dibujo, anatomía, etc.). Además, posee una expresión risueña muy acorde con el significado del “triunfo de la Resurrección” que simboliza.

Finalmente, nos referimos a la talla de la Verónica que procesiona en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). Se trata de una imagen femenina de vestir, presentando un estudio anatómico completo aunque idealizado. Esta concepción eleva la categoría escultórica de la obra otorgándole, obviamente, un mayor valor a la imagen. Su boceto data del año 1.994 y fue realizado en Sevilla, antes de trasladarse el imaginero a La Rinconada. Entre sus peculiaridades destaca la pose que, según manifiesta el mismo Ricardo, emula al clásico lance torero de “la verónica” (no siendo el autor aficionado a la tauromaquia, curiosamente).


Boceto de la Verónica (1994)
Ángel Inacabado (La Rinconada)


Bibliografía consultada: 

- RIVERA MARTÍNEZ, RICARDO: “Desde mi vocación hasta hoy” (extracto). Manuscrito. Sevilla, marzo de 1.993. 

- MONTOYA, JOSÉ LUIS: “Monumento en Utrera a Sor Ángela”. ABC (Sevilla, 2.002). 

- PALOMO GARCÍA, MARTÍN CARLOS: “Ricardo Rivera Martínez: escultor e imaginero”. Boletín de las Cofradías de Sevilla, nº 605. Sevilla, 2.009. 

- RIVERA MARTÍNEZ, RICARDO: “Licenciado de la calle”. Publicación “Nuestro mayores cuentan”. Edita Ayuntamiento de La Rinconada, 2.012. 

- PARRA MEDINA, SERGIO JESÚS: "El artista Ricardo Rivera Martínez: el primer imaginero moronense". Morón Cofrade, nº 18. Marzo de 2.015.